Se repiten
tragedias climáticas por la nula aplicación de
legislación ambiental del país
Por corrupción se ha permitido la construcción de
asentamientos humanos sobre zonas de recarga del acuífero,
en los humedales o en los cauces de ríos y barrancas
Titular de la Semarnat declara no poder frenar afectación a
manglares en Colima, por la existencia "de permisos previos"
para explotarles
Antena Radio / Edición
vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?,
con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9
de FM y 1220 de AM,
8 de febrero de 2010
Año con año es más frecuente presenciar desastres climáticos
en México. Pero sobre todo, preocupa la recurrencia de los
impactos adversos que traen para la sociedad mexicana
eventos como los huracanes, tormentas tropicales, frentes
fríos, sequías o las grandes inundaciones.
Desafortunadamente, es ya común escuchar en las noticias que
a causa de estos fenómenos naturales mueren personas; que
familias enteras pierden todo su patrimonio; que los costos
para superar la contingencia son cada vez más elevados y que
el deterioro del medio ambiente y los recursos naturales se
profundiza peligrosamente.
En el año de 1988, el huracán Gilberto arrasó con más del 50
por ciento de las playas del Golfo de México y devastó a la
península de Yucatán; en 1995 y 1997, los huracanes
Henriette e Ismael, y Paulina, respectivamente, afectaron
seriamente a la población de los estados de Baja California
Sur, Sinaloa, Guerrero, Jalisco, Colima y Oaxaca. En 1999,
incontables familias lo perdieron todo por las fuertes
lluvias que causaron el desbordamiento de ríos e
inundaciones en los estados de Hidalgo, Puebla, Tlaxcala,
Veracruz, Tabasco y Oaxaca.
Hace apenas dos años y cuatro meses –en octubre del 2007-,
el estado de Tabasco sufrió una de las peores inundaciones
de su historia por la convergencia de la tormenta tropical
Noel y del frente frío número 5, lo que causó el
desbordamiento de los ríos Grijalva, Usumacinta, Carrizal y
Mazcalapa. Y, más recientemente, durante los meses de
septiembre y noviembre del 2009, decenas de miles de
habitantes del norte y oriente del Valle de México perdieron
sus bienes y algunos hasta la vida, por efecto de una
tromba, venidas de agua e inundaciones.
Sin lugar a dudas, el cambio climático es una variable que
contribuye a que el patrón común de las precipitaciones
pluviales, su intensidad, su duración o la cantidad de agua
que traen, se esté transformando sustancialmente. Baste con
observar las lluvias “atípicas” de la semana pasada, que
causaron desbordamientos de ríos e inundaciones en el
Distrito Federal y en los estados de México, Michoacán,
Oaxaca, Guerrero, Querétaro y Chihuahua.

Sin embargo, mucha de la responsabilidad de que tantas
familias y personas estemos siendo afectadas por el clima de
esta manera, recae también en una cadena de malas decisiones
–tomadas de manera irresponsable y muchas de ellas teñidas
de corrupción- que permitieron la construcción de
asentamientos humanos sobre zonas de recarga del acuífero,
en los humedales o en los cauces de ríos y barrancas. Hoy,
el costo social por estos errores es verdaderamente
exorbitante.

A pesar de que, desde el año de 1988, México cuenta con una
Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección Ambiental,
el tema para los servidores públicos y para gran parte de la
población no cuenta todavía con la relevancia requerida.
Sorprende que, la semana pasada, durante los festejos del
Día Mundial de los Humedales, el titular de la Secretaría
del Medio Ambiente y Recursos Naturales federal declaraba no
poder frenar la destrucción de una vasta extensión de
manglares en el estado de Colima, por la existencia de
ciertos permisos; o –también la semana pasada- que las
mismas familias que sufrieron daños hace nueve años por el
desbordamiento del Río de La Compañía, volvieron a vivir la
pesadilla de ver hundido bajo el agua su patrimonio.
Quisiera creer a las autoridades de todos los órdenes de
gobierno cuando declaran que, ahora sí, incorporarán
criterios ambientales en todas sus acciones y que mitigarán
los efectos negativos del cambio climático en el país. Me
gustaría pensar que las instituciones encargadas de procurar
justicia en materia ambiental, tendrán la autonomía
suficiente para imponer la ley a todos y que velarán
efectivamente por el bienestar común.
Pero, sobre todo, como ciudadanos, tenemos que exigir a las
autoridades, a los prestadores de servicios y a los
proveedores de bienes de consumo, brindarnos información
ambiental suficiente para poder garantizar la continuidad de
nuestro patrimonio, de la salud y de la vida misma.
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