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Este fin de semana concluyó el Horario de Verano en
México y, con esto, se cierra un ciclo de lo que en
mi opinión es un estupendo ejemplo de la acción
colectiva operando en favor del bienestar
comunitario. Sin estar exenta de controversia u
oposición, la implantación del Horario de Verano ha
sido una política pública acogida por todos los
habitantes y sectores del país y, de manera
tangible, ha arrojado ya algunos de los beneficios
esperados en los ámbitos económico y ambiental.
Al reducir en una hora el consumo diario de
electricidad en más de 27 millones de hogares, el
Horario de Verano ha permitido –desde su
implantación en el año de 1996- un mejor
aprovechamiento de las plantas generadoras de toda
la república. De acuerdo con las cifras oficiales,
durante estos 14 años de aplicación del Horario de
Verano ha habido un abatimiento importante en el
consumo de electricidad (16,072 millones de KWh),
ahorro en el uso de combustible fósil (36.44
millones de barriles de petróleo) y una reducción
del orden de 22 millones de toneladas de dióxido de
carbono emitido a la atmósfera.
Desde 1996 a la fecha, con el Horario de Verano el
país ha ahorrado una cantidad de energía eléctrica
igual a la que consume el estado de Nuevo León
durante todo un año (o Baja California, Hidalgo,
Quintana Roo y Yucatán en su conjunto). Cifras
preliminares apuntan que el Horario de Verano en
2009 permitió un ahorro energético equivalente al
consumo que hacen, de manera individual, Campeche,
Nayarit o Colima (1,300 millones de KWh). O, en
otras palabras, el ahorro corresponde a la
electricidad que consumimos los 28.2 millones de
hogares del todo país durante un período de
dieciocho semanas.
Estos resultados y su soporte técnico han sido
certificados por colegios de ingenieros, la UNAM,
agrupaciones empresariales y civiles.
Desafortunadamente –y como pasa en muchos ámbitos
de la vida nacional-, los beneficios económicos y
ambientales obtenidos se diluyen a lo largo de la
compleja trama social o simplemente no se difunden
como lo que son: historias de éxito de políticas
públicas en las que la activa participación
ciudadana garantiza el positivo logro de las metas.
Durante los cinco meses por venir, es decir, a lo
largo del otoño y del invierno en el hemisferio
norte, el consumo de energía eléctrica se
incrementará notablemente en nuestro país. Tendremos
días más cortos y, por tanto, nuestras necesidades
de iluminación, entre otras más, demandarán de un
mayor uso de electricidad. Por ello, las acciones de
ahorro energético que seamos capaces de llevar a
cabo durante esta época del año en nuestras casas,
en escuelas y oficinas, fortalecerán nuestro
esfuerzo colectivo (como lo es de hecho el Horario
de Verano) por tener un medio ambiente más limpio y
saludable.
Me parece que no sólo es deseable la difusión y el
conocimiento público de los indicadores que
demuestran el éxito que ha tenido, a lo largo de
estos 14 años de su aplicación, el Horario de
Verano; es imprescindible también transparentar
hacia dónde están yendo las economías y cuáles son
los beneficios económicos, sociales y ambientales de
esta política pública.
Desafortunadamente, el conflicto político desatado a
partir de la liquidación de la Compañía de Luz y
Fuerza del Centro, la oscuridad de su administración
y la experiencia de su tan ineficiente desempeño, no
abonan a una percepción pública objetiva sobre la
situación real del sector eléctrico del país. Los
desafíos del presente, y en especial el que nos
plantea el cambio climático, exigen que los
mexicanos demos orden y construyamos la plataforma
energética que impulsará al país, en el mediano y
largo plazos, hacia un desarrollo más sostenible.
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