Facturación
por venta de agua embotellada duplica al cobro por el
servicio de agua en el DF
Cada año se venden 12 mil 700 millones de pesos por concepto
de agua embotellada; la recaudación total del Sistema de
Aguas de la Ciudad de México asciende a sólo 5 mil 500
millones de pesos al año
Antena Radio / Edición
vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?,
con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9
de FM y 1220 de AM,
31 de agosto de 2009.
Ante la contundencia de los hechos y de la cada vez más
alarmante sequía en prácticamente todo el territorio
nacional, a nadie debe quedarle duda de que la crisis del
agua ya está aquí y que permanecerá por un largo tiempo
entre nosotros.
Sin ser alarmista, hay que decir que los impactos de la
escasez del vital líquido en nuestra vida cotidiana aún no
se manifiestan en toda su amplitud. Desafortunadamente, muy
pronto comenzaremos a padecerles no sólo con el cambio
obligado de muchos de nuestros hábitos cotidianos de
higiene, sino también con importantes alzas a los precios de
los alimentos y de otros insumos básicos.
Si bien el calentamiento global, el cambio climático o el
fenómeno de “El Niño” parecen ser la causa directa de la
actual sequía, por otra parte es claro que las condiciones
de escasez de agua que hoy se agudizan en todo el territorio
nacional son el resultado de la inadecuada valoración que
históricamente hemos hecho de este recurso. En México, no
tenemos una verdadera cultura del cuidado del agua. El
irracional dispendio que hemos hecho y que hacemos de ésta,
nos ha arrastrado hasta la situación presente de crisis y de
emergencia ambiental.
Esta distorsión e inadecuada valoración de un recurso
natural no renovable, contrasta con el hecho de que México
es el segundo consumidor de agua embotellada en todo el
mundo. En promedio, cada mexicano consume al año 160 litros
de agua embotellada; sólo en el Valle de México, cada año se
venden 12 mil 700 millones de pesos por concepto de agua
embotellada, mientras que la recaudación total por el agua
que distribuye el Sistema de Aguas de la Ciudad de México
asciende a sólo 5 mil 500 millones de pesos al año. Esto,
sin mencionar el enorme pasivo ambiental que reportan las
miles de toneladas de envases plásticos que terminan como
basura.
El mejor ejemplo para representar la distorsión que hacemos
los mexicanos sobre el valor del agua, es comparar lo que
cuesta llenar un tinaco de mil litros (como el de las
azoteas de la mayoría de las casas) con agua de la llave o
con agua embotellada. En el Distrito Federal llenar ese
tanque con el agua que viene por las tuberías nos cuesta
menos de cinco pesos y en el resto del país menos de dos
pesos; pero si llenamos el mismo tanque de mil litros con
agua embotellada, el costo asciende a los 5 mil 500 pesos.
Es cierto, el agua que recibimos los mexicanos en nuestras
casas a través de las tuberías es de mala calidad. En años
recientes, la Organización de las Naciones Unidas estudió la
calidad del agua en 122 países de todo el orbe, y México
ocupó el sitio 106, lo que nos ubicó como el peor país de
América Latina en materia de calidad del agua. Sin embargo,
esto no justifica el hecho de que como país canalicemos
tantos recursos para comprar agua embotellada y no así para
mejorar la infraestructura hidráulica o en acciones para la
descontaminación del 94 por ciento de nuestros cuerpos de
agua.
En nuestro país, el 15 por ciento del agua embotellada está
en manos de cuatro corporaciones transnacionales y el resto
es distribuido por embotelladoras que –en su mayoría- operan
en el mercado negro y sin una vigilancia ni certificación
adecuada. Nuestra desconfianza sobre la calidad del agua que
bebemos no ha llegado lo suficientemente lejos y, hay que
decirlo, aunque venga embotellada no estamos bebiendo mejor
agua de lo que pensamos.
Creo que es importante que, en estos tiempos de crisis
hídrica, los mexicanos nos apropiemos del agua en el más
extendido sentido de la expresión. Existen sencillos métodos
de purificación para poder beber el agua (como la
ozonización) que son accesibles, confiables y reducen
notablemente nuestro gasto; pero –sobre todo- me parece que
es tiempo ya de exigir a los legisladores y a las
autoridades públicas la realización de esfuerzos e
inversiones para que ese vaso medio lleno o medio vacío lo
esté de agua de primera calidad.
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