El Cuento de una mega-ciudad
Al mismo tiempo que más y más de las grandes ciudades
crecen, los residentes de la Ciudad de México se atreven a
soñar con un futuro habitable
Por
Charles Montgomery /
En Route
Ciudad de México
Publicada en septiembre de 2006
Entrevista a Francisco Calderón Córdova. Traducción: Alberto
García Bojorges. Fotografías: James Baigrie / Getty Images (Mexico
City)
ENGLISH VERSION
Francisco
Calderón afloja su corbata y se echa una carrera para cruzar
los ocho carriles de Insurgentes, parte de la red de cientos
de súper-avenidas que cruzan la Ciudad de México de extremo
a extremo. Pueda que tenga la luz roja del semáforo y el
apoyo de dos policías de tránsito, pero una estampida de
taxis-bochos, carros y autobuses han comenzado ya a rugir en
la esquina como sí fueran toros de Pamplona.
“La
Ciudad de la Esperanza”, grita Calderón ante el rugido
de los autos mientras salta sobre el camellón central. La
Ciudad de la Esperanza, así es como los chilangos
-residentes de la capital mexicana– han estado llamando a
esta bestia por los últimos años.
Es muy
difícil imaginar qué los puede obligar a utilizar esta
expresión para referirse a ella, especialmente aquí. Estamos
rodeamos por todos lados por uno de los peores tráficos del
continente - 10.000 accidentes de automóviles en un buen
año-, se respira un aire famoso por sus toxinas, hay un
constante ruido que te rompe los tímpanos y, si volvemos la
mirada hacía Insurgentes, el paisaje no mejora:
limpiaparabrisas, ambulantes, carritos con garrafones de
agua, espectaculares, en fin, no hay horizonte visible, sólo
un interminable y contaminado mar de urbanidad. Nueve
millones de habitantes o ¿20? ó ¿26? Nadie se pone de
acuerdo en la población de la ciudad, o dónde realmente
termina, lo único evidente es que va más allá de los límites
oficiales que se le marcaron décadas atrás.
Lo más
impactante de este paisaje es que para nada es único. Las
ciudades del mundo, particularmente las grandes, se han
estado expandiendo a un ritmo muy difícil de creer. Esta
sola semana, las ciudades absorberán un millón de
inmigrantes y bebes recién nacidos. China es líder en este
sentido, con 150 millones de ciudadanos urbanos en la última
década. Por primera vez en la historia, la mayoría de las
personas en el mundo viven en ciudades y no en provincia.
Ahora hay
15 ciudades con más de 10 millones de habitantes. Con casi
todo el grueso del crecimiento poblacional concentrado en
las áreas urbanas, estas mega-ciudades son sólo el inicio.
Para el 2005, Asia se jactará de tener 10 ciudades con más
20 millones de habitantes en cada una. La gente se está
yendo a las ciudades. El Futuro es irreversiblemente urbano.
Las preguntas son, ¿puede haber un futuro viable? y ¿puede
ser domada la bestia de las mega-ciudades?
La Ciudad
de México es un lugar lógico para buscar la respuesta a
estas preguntas. Después de todo, ésta fue una de las
mega-ciudades ancestrales, y también una de las primeras en
ser confrontada por su propia e inminente aniquilación.
El lugar
inició su vida como una isla, una Venecia azteca en medio de
un gran lago rodeado de jardines. Siglos después de la
conquista española, ese lago ha desaparecido prácticamente.
Para la década de los 80´s, la ciudad ya había absorbido los
mantos acuíferos tan ansiosamente, que la tierra seca y
vacía empezó a hundirse como una esponja exprimida. La
ceniza y contaminada Catedral Metropolitana se hundió 9
metros en un siglo como si fuera el Titanic.
El aire
era tan tóxico que los pájaros caían muertos desde el cielo.
Y la tierra – bueno, estaba temblando como si fuera un perro
tratando de deshacerse de sus pulgas -.
Los
terremotos del 85 redujeron mucho del gran Centro Histórico
de la Ciudad de México a escombros. Cien mil residentes
huyeron del Distrito Federal hacía los municipios
colindantes. El crimen alcanzó la cima. Era sólo cuestión de
tiempo -susurraban las aves de mal agüero -, antes de que se
rompieran los canales de aguas tratadas, además, los mantos
acuíferos estaban contaminados y la problemática del agua
convirtió a la Ciudad de México en un ataúd gigantesco.
Ciudad de la esperanza, de hecho
Pero 20
años después, la Ciudad de México se ha alejado del abismo,
la gente está regresando al Centro Histórico. Edificios
hundidos están siendo rescatados. Ciclo-pistas están siendo
construidas en la antes prohibidas avenidas, la ciudad está
redescubriendo su corazón colonial. Calderón, quien alguna
vez escapó de la ciudad, ahora los fines de semana lleva a
sus invitados y amigos a comer a los cafés y restaurantes de
la Condesa, una colonia antes abandonada y ahora declarada
por el New York Times un oasis de cafés banqueteros estilo
europeo.
Como
coordinador de participación ciudadana y difusión en la
Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial en los
últimos tres años, es trabajo de Calderón estar
familiarizado con los problemas de la ciudad. Pero hoy, en
medio de Insurgentes, él se ríe sinceramente.
“Antes,
en nuestros peores días, el cielo era rojo, siempre rojo,
ahora míralo” dice gesticulando hacía un borroso cielo
de enero, “ahora podemos ver el sol”.
¿Que sacó
a la Ciudad de México de ese casi seguro y funesto futuro?
Quizá fue la visión del límite.
Consideremos el cielo contaminado de la Ciudad de México. La
gran altitud del valle central siempre ha atrapado las
grandes fumarolas de humo. Como Santiago y Los Ángeles, la
Ciudad de México parecía destinada, por su geografía, a
sufrir los efectos de la contaminación. Para fines de los 80´s
la gente se enfermaba por este aire sucio, y sufría de
escozor en los ojos, dolor de cabeza, irritaciones en la
piel. Los adultos mayores eran conminados a no salir de su
casa 300 días al año. Finalmente, un día un par de
estaciones de radio contrataron camionetas para recorrer la
ciudad midiendo los niveles de contaminación ambiental y
anunciando los resultados. El gobierno fue llamado a la
acción. Primero vino la implementación del programa “Hoy no
circula” que obligó a todos los autos a descansar un día a
la semana. Después vinieron los más estrictos estándares de
emisiones contaminantes de automóviles para el Tercer Mundo,
también se instrumentaron cientos de agentes de tránsito
para agilizar el tráfico en las avenidas más saturadas.
Está
funcionando. El aire se está limpiando año con año. Los
ciudadanos están empezando a preocuparse y demandando mayor
calidad de aire, dice Calderón, quien se da cuenta de ello
gracias a que cada semana visita estaciones de radio e
invita a los chilangos a utilizar su legislación ambiental
cada vez más.
“El
medio ambiente es un asunto de derechos humanos”, dice,
“tenemos el derecho a un aire y agua limpios. Tenemos el
derecho a vivir en un lugar digno y saludable”
Pero la
crisis es sólo el inicio del cambio. Urbanistas insisten en
que la más grande barrera para tener ciudades saludables,
especialmente en el Tercer Mundo, es el gobierno, o mejor
dicho, la ausencia de éste, que con sus débiles políticas y
escasa participación ciudadana, no tiene el poder ni los
recursos para resolver esos problemas. Incluso en los países
ricos, existe un problema similar. Canadá insiste en que así
como los problemas económicos de mundo, las problemáticas
urbanas deben ser atendidas. Vancouver no puede sobrevivir
solamente por sus montañas o Londres por su rica historia
arquitectónica, lo que las ciudades necesitan es inversión
en calles, parques, y vecindarios donde la gente pueda
trabajar y vivir. El nuevo Movimiento Urbanista, cuya
filosofía ha penetrado en los departamentos de planeación de
Norteamérica en la década pasada, invita a las ciudades a
redescubrir la alegría de la lentitud, los pequeños momentos
y la quietud. Los autos son malos, caminar es bueno. Sobre
todo caminar extremadamente tranquilo.
Es mucho
más difícil trasladar esos ideales en una mega-ciudad con
tres millones de autos, poco flujo de dinero y poca historia
de participación ciudadana. Pero aquí y allá la Ciudad de
México ha empezado con la tarea. El primer paso del cambio
fue la democracia en sí misma, la ciudad era administrada
por alguien designado por el Jefe del ejecutivo federal, por
la mayor parte del siglo XX. Con la elección de su propio
Jefe de Gobierno en 1997, los chilangos, finalmente pudieron
conducir por ellos mismo su proyecto, obtuvieron parte de la
recaudación federal y la posibilidad de atraer inversiones
privadas como, por ejemplo, al hasta hace poco muy
abandonado Centro Histórico.
El Centro
Histórico - con sus aproximadamente 660 cuadras -, está
finalmente despertando de su adormecimiento de décadas. El
gobierno ha reconstruido sus plazas coloniales y los centros
comerciales, y ha convencido al hasta hace poco reticente,
Carlos Slim, el hombre más rico de Latinoamérica, a invertir
en su barrio de la infancia. Slim está derramando dinero en
edificios de oficina y lotes residenciales. Hoteles y plazas
comerciales se están estableciendo en lugares abandonados
desde los terremotos del 85. Condominios están emergiendo
desde los escombros. La cultura del café está de vuelta, y
su efecto se está esparciendo en los envejecidos pero
siempre bulliciosos barrios de la Roma y la Condesa. La
clase media ya no está más horrorizada por la idea de vivir
en el Centro.
Esa es la
razón de que los chilangos hablen de la Ciudad de la
Esperanza, nos dice Calderón, justo en el momento en que la
luz del semáforo ha cambiado y la estampida de autos se
detiene.
Los
automóviles dudan, Calderón tiene su oportunidad de cruzar,
brinca sobre el camellón con la mirada puesta en el lejano
paso peatonal. En este momento ésta misma decisión está
siendo tomada un millón de veces en las mega-ciudades
alrededor del mundo, en Shangai y Nueva Delhi, en Sao Paulo
y Seúl, en Los Ángeles, El Cairo y Moscú. De esta forma,
Calderón lanza un reto: para que las mega-ciudades
sobrevivan, para que sean habitables, nos dice, la gente con
su dinero, sus ideas y con suficiente fe en ellos mismos
necesitan, invertir en su futuro. Mientras la gente hable de
su salud y su vida en los lugares en que viven, en vez de su
desaparición, tendrán mayor oportunidad de terminar viviendo
en unas verdaderas ciudades de la esperanza.